Lunes, 25 May 2026

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El Espíritu del Señor ha llenado toda la Tierra: El Introitus de la Solemnidad de Pentecostés

El Espíritu del Señor ha llenado toda la Tierra: El Introitus de la Solemnidad de Pentecostés

Con la Solemnidad de Pentecostés se cierra, según nuestro actual calendario litúrgico, el Tiempo de Pascua. Antes de la reforma litúrgica promulgada por la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, a esta Solemnidad seguía un tiempo de “resonancia” que constituía la llamada Octava de Pentecostés, que hoy ya no existe en nuestra liturgia y que prolongaba el Tiempo de Pascua hasta el sábado siguiente a Pentecostés, después de cuya misa, terminaba la cincuentena pascual, para dar paso el domingo siguiente a la Solemnidad de la Santísima Trinidad.


La imagen que aparece al inicio de este artículo muestra justamente este Introitus como aparece en el folio 50 del manuscrito de Bamberg, un Graduale que se encontró en la Abadía de St. Emmeram en Ratisbona, Alemania y que ahora se encuentra en la Biblioteca Estatal de Bamberg (de ahí su nombre). Este manuscrito, manufacturado en pergamino alrededor del año 1000 d.C., presenta los neumas escritos en notación de St. Gall y es uno de los manuscritos a los que frecuentemente recurren los investigadores para entender la rítmica y la retórica de los cantos del repertorio.

El Introitus para la Solemnidad de Pentecostés, tanto en el repertorio gregoriano antiguo como en lo que indica para la liturgia actual el Graduale Romanum de 1974 y el Graduale Triplex de 1979, es el canto “Spiritus Domini” que toma el texto de su Antífona del Libro de la Sabiduría 1, 7 y que en latín dice:

Spíritus Domini replévit orbem terrarum, allelúia:
et hoc quod cóntinet ómnia, sciéntiam habet vocis,
allelúia, allelúia, allelúia.

La traducción al español sería la siguiente:

El Espíritu del Señor ha llenado toda la Tierra, aleluya:
y ya que todo contiene, conoce toda palabra,
aleluya, aleluya, aleluya.

Después de esta Antífona, aparece tanto en el Graduale Romanum como en el Graduale Triplex un versículo salmódico tomado del Salmo 68 (67), 2:

Exsúrgat Deus, et dissipéntur inimíci eius:
et fúgiant, qui odérunt eum, a fácie eius.

La traducción al español es la siguiente:

Que surja Dios, y se dispersen sus enemigos:
y huyan, los que lo odian, ante su rostro.

En la misma imagen del manuscrito de Bamberg se puede apreciar, en la parte inferior, que aparece especificado “Ad Rep”, es decir “Ad Repetendum”, que indica el versículo salmódico que debe cantarse como último versículo antes de la repetición final de la Antífona. El versículo salmódico que aparece es el texto “Emmíte Spiritum tuum” que no proviene del Salmo 68 (67) sino del Salmo 104 (103), 30:

Emmíte Spíritum tuum, et creabúntur:
et renovábis fáciem terrae.

Este versículo se traduce al español como:

Envía tu Espíritu, y todo será creado:
y renovarás la faz de la Tierra.

Este versículo aparece hoy, modificado, como Responsorio del Salmo Responsorial en esta misma Solemnidad. El texto que actualmente tenemos es “Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya”.

Volviendo al Introitus, el texto que hoy tenemos como Antífona de Entrada reporta la misma fuente (Sab 1, 7) pero la traducción que aparece en el Misal Romano 3ra. Edición Típica para México es ligeramente diferente, como se muestra a continuación:

El Espíritu del Señor llena toda la Tierra;
Él da consistencia al universo
y sabe todo lo que el hombre dice. Aleluya.

Las diferencias parecen ser sutiles y sin demasiada importancia, pero haciendo un análisis cuidadoso caemos en la cuenta de que no es así y que ciertos conceptos de esencial importancia quedan diluidos por estos cambios en el texto.

En primer término, se han eliminado varios “Aleluya” en el texto de la Antífona. Esto, que podría parecer de poca importancia es, sin embargo, muy relevante. La presencia de múltiples “Aleluya” en todo el repertorio del Proprium Missae del Tiempo de Pascua es tan notable que por ello podemos decir que este tiempo es el “Tiempo del Aleluya”, palabra hebrea que quiere decir “Alaben a Yahvéh” y que claramente expresa, en la voz de la Iglesia que la canta, el gozo y la alabanza a Dios por la Resurrección de Cristo. Esta alabanza ante la victoria de Cristo sobre la muerte se pone en segundo plano al limitar la presencia del “Aleluya” sólo a uno y casi como un elemento “obligatorio” al final del texto. Es importante recordar que el tratamiento melódico-rítmico del “Aleluya” en todo el repertorio gregoriano de Pascua es uno de los elementos esenciales y característicos de todo este conjunto de cantos.

En segundo término, se ha cambiado el participio pasado original “ha llenado” por el presente “llena”. Esta forma verbal en presente describe una situación o un estado, es decir, establece cómo se encuentra actualmente el objeto del verbo. En otras palabras, el texto actual dice que toda la Tierra está, hoy, llena del Espíritu del Señor. Sin embargo, utilizar el verbo en participio pasado, habla de algo más. Establece que ese Espíritu “ha llenado toda la Tierra” desde el pasado e implica que la sigue llenando, o sea que el Señor sigue realizando esa acción que inició en el pasado. Esto quiere decir que Dios, no sólo desde el momento de Pentecostés, sino desde el tiempo de la creación, ha llenado la Tierra (y el universo entero) con su Espíritu y esa acción se hizo aún más evidente el día de Pentecostés en el que, como indica el texto de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu se hizo presente con un gran ruido que vino desde el cielo y como un viento impetuoso (cf. Hch 2, 2). El cambio en el uso del verbo implica entonces pasar por alto esta acción constante de Dios, esta preocupación por parte del Creador de llenar constantemente su creación con el soplo de su Espíritu. Implica también, olvidar que nos encontramos, entonces, en el “tiempo del Espíritu”, es decir en el tiempo en el que el Espíritu se encuentra actuando en toda la creación, por designio de Dios.

El texto con el cual termina la Antífona también se encuentra modificado. Actualmente se escucha que “Él da consistencia al universo y sabe todo lo que el hombre dice”. Analicemos la primera parte de la frase. No es lo mismo “dar consistencia” a algo que “contenerlo”. La expresión original “ya que todo contiene” señala a una realidad mucho más profunda: la creación entera esta “contenida” en el Espíritu Santo o, si lo expresamos con otra expresión, toda la creación existe “en” el Espíritu Santo. Nuevamente nos encontramos ante una expresión de este “tiempo del Espíritu” en el que la creación entera se mueve después de Pentecostés, en camino hacia su realización plena, hacia la recapitulación de la creación en Jesucristo. Ahora, dirijamos la mirada a la segunda parte de este texto final. Hoy leemos que el Espíritu “sabe todo lo que el hombre dice” mientras que el texto original dice que el Espíritu “conoce toda palabra”. No se refiere entonces al conocimiento de “lo que el hombre dice” sino al conocimiento “de toda palabra”, con lo cual nos puede parecer claro que también se refiere a “lo que Dios dice”.

Sabemos que esa palabra que Dios dice no es otra sino su Verbo, como lo llama San Juan, ese Verbo que estaba con Dios desde el principio y por medio del cual todo fue creado (cf. Jn 1, 1-3). Esta Palabra divina, el “Dabar” en hebreo, es Palabra actuante, es Palabra que realiza lo que dice. Simplemente hay que recordar que, en el relato de la Creación en el Génesis, Dios crea cuando habla y dice “Que se haga...”, “Que haya…” (cf. Gen 1, 3-25). Es la acción del “Dabar”, Palabra creadora y actuante. El Espíritu conoce toda palabra, incluida esa Palabra pronunciada desde el principio del tiempo por Dios, porque es una de las personas de la Santísima Trinidad y conoce la intimidad de Dios, conoce tanto al Padre, como a su Palabra pronunciada, es decir a su Hijo. Es por ello por lo que Jesús puede decir a sus Apóstoles: “…pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recuerden lo que yo les he enseñado y les explicará todo” (Jn 14, 26). ¿Cómo podría el Espíritu Santo explicar lo que Jesús enseñó, si sólo conociera “lo que el hombre dice”? Esta es la razón por la cual, después de Pentecostés, los Apóstoles pueden predicar con fuerza y elocuencia y quien presencia su primera predicación “los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua” (cf. Hch 2, 11).

Esta es también la razón por la cual el Espíritu puede guiar la vida del cristiano en este “tiempo del Espíritu” después de Pentecostés. Él conoce los designios de Dios desde el principio, Él sabe que Dios “nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia” (Ef 1, 4) y por ello puede guiar la vida del cristiano para que ese designio se cumpla, una vez que Cristo ha resucitado para comenzar la nueva creación de un mundo que “ha sido llenado” con el Espíritu Santo.

Como nos podemos dar cuenta a partir de un análisis del texto original de este Introitus, sin profundizar siquiera en un análisis semiológico de los neumas, en este canto están claramente expresados los elementos esenciales de esta Solemnidad:

  1. La importancia de alegrarse y alabar a Dios, a través de la presencia de la palabra “Aleluya”, por la resurrección de Jesús y porque en su Pascua ha comenzado una nueva creación que es guiada, a partir de Pentecostés, por el Espíritu Santo.
  2. El reconocimiento de la acción constante e ininterrumpida de Dios que ha llenado con su Espíritu toda la Tierra, o el universo entero, y que lo sigue haciendo para asegurar que todo será orientado hacia Cristo, en quien se recapitulará todo lo creado para volver definitivamente al Padre, como siempre ha sido su designio.
  3. La certeza de que toda la creación existe y se mueve “en” el Espíritu Santo y que es Él quien tiene la misión de guiarla, sutilmente, para que pueda vivir una transformación constante hasta plenificarse en el Reino.
  4. La docilidad que debemos tener ante la guía del Espíritu Santo ya que Él “conoce toda palabra” y, por tanto, es la guía segura para poder vivir realmente la vida en Cristo.

Terminemos esta reflexión, a partir del texto del Introitus “Spiritus Domini” para la Solemnidad de Pentecostés, con este texto de San Pablo en su Carta a los Romanos:

“Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios… han recibido un Espíritu que los hace hijos adoptivos y nos permite clamar «Abbà», es decir «Padre». Ese mismo Espíritu se une al nuestro para juntos dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8, 14. 15b-16).

Dejémonos guiar por el Paráclito, derramado en Pentecostés, y seamos dignos testigos de que somos hijos del Padre y miembros del Cuerpo de Cristo, en el Espíritu Santo.

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