Martes, 16 Junio 2026

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Bronce que resuena

Bronce que resuena

Cuando el efecto “wow” no basta para hacer santa una interpretación

Está circulando el video de la monja budista Jeong-yul, presentada en inglés como la “Singing Nun of Buddhism” (la monja cantante del budismo), mientras canta el Ave María en la Catedral de Myeongdong, en Seúl.

El pie de foto presenta al momento como un gesto de paz y alegría, en un tiempo del año en el cual personas de distintos credos pueden encontrarse y compartir una experiencia de belleza. Y es justo reconocer la intención positiva: no hay motivo para leer ese gesto con hostilidad, ironía o desprecio.

Sin embargo, precisamente aquí nace una pregunta seria.

El Ave María no es simplemente un canto “espiritual”. No es sólo una melodía capaz de conmover. Es una oración cristiana. Habla de una fe concreta: la intercesión de María, la comunión de los santos, la necesidad de la gracia, la hora de la muerte, el misterio de Cristo. No es solamente un sonido que eleva: es una palabra creyente.

Y una Catedral no es un marco sugerente para experiencias religiosas entendidas de forma genérica. No es un teatro de lo sagrado, ni un espacio neutro donde cualquier símbolo puede disolverse en la pura emoción. Es una iglesia: un lugar habitado por una fe, por una oración, por una presencia sacramental, por un pueblo que la reconoce como su propia casa ante Dios.

Esto no significa rechazar el diálogo entre las religiones. Al contrario: el diálogo verdadero nace precisamente a partir del respeto de las identidades. La Iglesia, en Nostra aetate, enseña a reconocer con estima lo que hay de verdadero y santo en las demás tradiciones religiosas. Pero reconocer y dialogar no quiere decir volver todo gesto en algo intercambiable, ni transformar una oración cristiana en una experiencia espiritual genéricamente emocional.

La Iglesia no está cerrada cuando custodia el sentido de los propios signos. Puede dialogar en verdad, precisamente porque sabe qué es lo que le ha sido confiado.

Alguno podría decir: quizás no era liturgia, quizás era sólo un concierto, un gesto cultural, un momento de encuentro. Incluso admitiendo esto, la pregunta permanece. Una iglesia no se vuelve neutral en cuanto la liturgia calla. Incluso un concierto en una Catedral no es simplemente un concierto “en un lugar hermoso”: ocurre dentro de un espacio que tiene una memoria, un destino, una presencia y una fe.

El problema, entonces, no es la persona que canta. El problema es la posible transformación de una oración cristiana en interpretación estético-espiritual. Cuando un texto nacido de la fe de la Iglesia se canta en un lugar que esa fe custodia, pero sin que sea clara su relación con la oración de la Iglesia, ocurre algo ambiguo: permanece la belleza, permanece la emoción, permanece quizás incluso una sincera intención de paz. Pero el sentido propio de la oración corre el riesgo de quedar suspendido.

San Pablo ofrece un criterio severo precisamente acerca de la relación entre sonido y verdad espiritual:

«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera caridad, sería como bronce que resuena o como platillo que retumba» (1 Cor 13, 1).

Es una palabra que hay que aplicar ante todo a nosotros los cristianos. No basta con producir un sonido hermoso, emocionante, incluso “angélico”, para que ese sonido se convierta automáticamente en oración. Sin la caridad – y para la fe cristiana la caridad tiene el rostro de Cristo – incluso el sonido más sugerente corre el riesgo de ser superficial, vibración, efecto.

Se podría decir, haciendo explícita una variación de la fórmula clásica: no solamente lex orandi, lex credendi, sino también lex canendi, lex credendi. La forma en la cual la Iglesia canta no es indiferente a la fe que profesa. El canto no es sólo vehículo estético de emoción religiosa: en la liturgia éste confiesa, custodia y forma la fe.

Por eso Sacrosanctum Concilium recuerda que la música sacra es tanto más santa cuanto más está estrechamente unida a la acción litúrgica. Y si se trata de una acción litúrgica, el criterio es válido con mayor razón: no es sólo la intensidad estética la que hace sacro un canto, sino su inserción viva en la fe, en el rito y en la oración de la Iglesia.

El diálogo interreligioso verdadero no nace a partir de la confusión, sino del respeto. Y respetar una tradición significa también no reducir sus palabras más íntimas a lenguaje universal de la emoción. Precisamente porque respeto al budismo, no quisiera que un gesto sagrado suyo se utilizara en una iglesia como simple color exótico. Y precisamente porque respeto la fe cristiana, no quisiera que el Ave María se convirtiera sólo en una hermosa atmósfera.

No basta con que algo conmueva para ser oración.
No basta que algo sea hermoso para ser sacro.
No basta el efecto “wow” para hacer santa una interpretación.

Una oración cristiana vive de la fe que la genera, de la Iglesia que la custodia, del rito que la acoge y del misterio de Cristo al cual refiere.

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