Sábado, 13 Junio 2026

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Arrancar y alimentar

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Los pensamientos del Corazón entre letanías, eucología y canto

Quien reza las letanías del Sagrado Corazón se encuentra rápidamente en medio de una multitud de nombres. Son decenas, y se suceden sin detenerse: la lista puede incluso dejarnos perplejos. ¿Por qué tantos nombres para una sola realidad? La pregunta no es ociosa, porque toca la sospecha que acompaña desde siempre a esta devoción: que es toda ternura, una piedad del sentimiento más que una forma de la fe.

Sin embargo, basta escuchar cómo la liturgia canta a este Corazón, en el texto, en la eucología, incluso en la melodía, para darse cuenta de que el punto no es, ante todo, probar algo, si no dejarse atraer al interior de una forma de amar. Y el primer nombre que la liturgia le da, en el Introitus de la fiesta, no viene del vocabulario de los afectos: viene del de los pensamientos.

El Introitus de la Solemnidad no comienza con una efusión, sino con un verbo del pensamiento: Cogitationes Cordis eius in generatione et generationem, «los pensamientos de su Corazón, de generación en generación» (Sal 32 [33], 11). Hay aquí ya una pequeña sorpresa: la fiesta más afectiva del calendario se abre diciendo que el Corazón de Cristo piensa. Y sus pensamientos no son las emociones de un instante, sino un designio que dura, que atraviesa las generaciones.

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Y la antífona no se detiene en el nombre. Dice también de qué están hechos esos pensamientos, y lo dice con dos verbos exactos: ut eruat a morte animas eorum et alat eos in fame, «para arrancarle a la muerte sus almas y alimentarlas en el hambre». Arrancar y alimentar. El pensamiento del Corazón no es benevolencia genérica. Es un pensamiento que salva y un pensamiento que da de comer. La liturgia los muestra claramente, como una clave para todo lo que sigue.

En la Escritura, el corazón no es solamente el lugar de la emoción. Es el centro profundo de la persona: ahí donde nacen los pensamientos, la memoria, el deseo, la decisión, la obediencia. Se ama a Dios con todo el corazón, pero desde el corazón pueden salir también los malos pensamientos; María custodia y medita en el corazón; Dios mira el corazón, no la apariencia. Por eso, cuando el salmo habla de las cogitationes cordis, no separa el pensamiento del amor. Dice que el amor de Dios tiene una sabiduría, una fidelidad, un designio.

Aplicada al Corazón de Cristo, esta antropología bíblica se vuelve decisiva: el Corazón del Verbo encarnado no es un mero símbolo sentimental, sino el lugar humano en el cual el designio eterno de Dios se deja escuchar en la carne.

Esta sabiduría del Corazón no nace de la nada. La fiesta del Sagrado Corazón llegó tarde al calendario romano, pero no porque el misterio fuera nuevo. Aún antes de las aprobaciones litúrgicas, la Iglesia ya había aprendido a mirar el costado abierto del Señor como la puerta de los sacramentos, la herida de la cual surgen sangre y agua, la fuente de la Iglesia. La historia de la fiesta es una maduración lenta: desde el medioevo místico hasta San Juan Eudes, de las experiencias de Santa Margarita María Alacoque hasta la extensión a la Iglesia universal en el siglo XIX [1]. La liturgia, cuando asume esta devoción, no canoniza sencillamente una sensibilidad: reconoce que en ese corazón atravesado se recoge todo el misterio del amor redentor.

También las letanías pertenecen a esta historia [2]. No son un accesorio sentimental, ni una corona de imágenes dejadas a la fantasía devota: son una forma eclesial de nombrar. La Iglesia toma muchas palabras, horno, fuente, templo, abismo, casa, puerta, y las dispone en un orden de oración. Así el Corazón no se reduce a una imagen: es atravesado como un misterio.

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Hay además una pequeña familia de palabras a la que hay que acercarse. La liturgia tiene otro Introitus, Ego cogito cogitationes pacis: «Yo tengo pensamientos de paz». En el Sagrado Corazón esa palabra parece hacerse más interior: de «yo tengo pensamientos» a Cogitationes Cordis eius, «los pensamientos de su Corazón». No es una dependencia que haya que demostrar, sino una resonancia que hay que acoger: la liturgia hace cantar al pensamiento de Dios.

Guillermo de Auxerre, leyendo el formulario del Ego cogito, lo coloca dentro de una gran escena de reconciliación. El Introitus anuncia los pensamientos de paz de Dios, es decir su deseo de conducir nuevamente hacia sí al pueblo; el Alleluia canta al Señor que sana los corazones rotos, Qui sanat contritos corde; el Offertorio hace subir el grito De profundis. A ese grito, Guillermo hace que responda José, figura de Cristo: nolite timere, ego pascam vos, «no teman, yo los alimentaré». El Introitus parece recoger todo esto en el centro vivo de la carne del Señor: ut eruat a morte animas eorum et alat eos in fame. El grito sube desde lo profundo del hombre; la respuesta surge de lo profundo del Corazón traspasado. El Corazón que piensa es el Corazón que alimenta.

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Hay, finalmente, una memoria sonora que merece una escucha atenta. El Introitus Cogitationes Cordis eius no pertenece al núcleo más antiguo del repertorio gregoriano: es una composición más reciente, pero construida con materiales que respiran dentro de la tradición.

Lo primero que el oído nota es que el canto no se mueve. Se detiene. La palabra Cogitationes está casi apoyada sobre una cuerda luminosa, y allí permanece: no es un simple lugar de paso, sino una especie de morada sonora. La melodía desciende y vuelve a subir, pero esa cuerda sigue atrayéndola. El Introitus no imita el latido del corazón. Más bien, parece palpitar sobre esa cuerda. Y la repetición del sonido no produce un efecto descriptivo, sino una forma de insistencia interior: los pensamientos de su Corazón no pasan, no se desvanecen. Se detienen, regresan, permanecen.

Sobre esta cuerda luminosa se injerta una genealogía. Liborius Lumma notó en el Introitus la luminosidad del quinto modo y, en la parte conclusiva, algunos rasgos más discretos del sexto [3]. Aún más sugerente es la observación de Christopher Lazowski: la segunda mitad del Introitus retomaría el desarrollo melódico de Laetare Ierusalem, el Introitus del cuarto domingo de Cuaresma. Eso es muy hermoso, si se le escucha sin forzarlo. Allí la Iglesia canta ut exsultetis et satiemini, «para que se regocijen y sean saciados»; aquí canta ut eruat a morte animas eorum et alat eos in fame, «para que él libre de la muerte a sus almas y las alimente en el hambre». Las sonoridades del regocijo se convierten en las sonoridades de la liberación de la muerte; la promesa de la saciedad maternal de Jerusalén se convierte en el alimento ofrecido por el Corazón del Redentor.

El Sagrado Corazón, entonces, no es cantado en la tonalidad espiritual del luto. Es el Corazón traspasado, pero traspasado a la luz de la Resurrección. La herida no se borra: es transfigurada. El canto no nos retiene frente a la cruz como ante una escena dolorosa; nos hace escuchar a la cruz ya traspasada por la alegría pascual.

No decimos que el Introitus esté en quinto modo «porque» habla de las llagas: sería demasiado. Podemos, sin embargo, recordar que una tradición medieval, la que Guillermo de Auxerre recoge en su lectura de los tonos, leyó el quinto a través del número cinco: los cinco sentidos, su cuidado y su curación, y las cinco llagas del Señor. Entonces, el quinto modo no explica al Sagrado Corazón; lo deja resonar en la carne herida y gloriosa del Resucitado.

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No por nada la Encíclica que entregó esta devoción a nuestro tiempo lleva como nombre un versículo de agua y de alegría: Haurietis aquas in gaudio de fontibus Salvatoris (Is 12, 3), «tomarán agua con gozo de las fuentes del Salvador». Agua del costado, fuente, alegría: en tres palabras está ya casi todo. No por casualidad Pío XII, en el centenario de la extensión de la fiesta a la Iglesia Universal, invitaba a buscar en la Escritura, en la Tradición y en la sagrada liturgia la fuente limpia de la devoción al Sagrado Corazón. Es una nota importante: el Sagrado Corazón no vive sólo en la capilla lateral de la piedad privada. Pertenece al centro de la fe, porque refiere al Verbo encarnado, a la cruz, a los sacramentos, a la caridad divina y humana del Hijo.

Quizá por esto la liturgia no tiene miedo de llamar al Corazón con muchos nombres. Lo canta como horno, fuente, templo, abismo, puerta del cielo. No porque el misterio se deje encerrar en una fórmula, sino porque el amor de Cristo necesita muchos umbrales para alcanzar el corazón del hombre.

Y, finalmente, queda precisamente esto: un Corazón abierto. Abierto en la cruz, cuando sangre y agua brotan del costado del Señor. Abierto en la Iglesia, que sigue viviendo de los sacramentos nacidos de ese costado [4]. Abierto en la oración, donde cada invocación de las letanías se vuelve casi un paso más cercano a la herida gloriosa del Cordero.

El Sagrado Corazón no nos pide, ante todo, probar algo. Nos pide dejarnos atraer al interior de su forma de amar: un amor que piensa, custodia, perdona, alimenta, salva. Por eso el Introitus puede seguir cantando: Cogitationes Cordis eius. Los pensamientos de su Corazón. No pensamientos lejanos. No pensamientos fríos. Pensamientos de misericordia, preparados desde siempre, para que ninguna hambre se quede sin pan y ninguna muerte se quede sin resurrección.


Notas:

[1] cf. Pío XII, Carta Enc. Haurietis aquas (1956). A San Juan Eudes se remonta el primer oficio litúrgico en honor al Sagrado Corazón (Francia, 20 de octubre 1672); Clemente XIII aprobó la celebración para los obispos de Polonia y para la Archiconfraternidad romana (1765); Pío IX la extendió a la Iglesia universal (1856).

[2] Las Letanías del Corazón de Jesús fueron aprobadas para toda la Iglesia en 1891. Acerca de su contenido marcadamente bíblico y su colocación entre las formas de devoción aprobadas y recomendadas por la Sede Apostólica, cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia. Principios y orientaciones, n. 171.

[3] El texto del Introitus está en el Graduale Novum, I: De dominicis et festis, p. 370. Las observaciones modales son de L. Lumma, «Introitus: Sacred Heart of Jesus», PrayTell Blog (22 de junio 2019); la relación melódica con el Introitus Laetare Ierusalem viene del comentario de Ch. Lazowski OSB al mismo artículo.

[4] La Misa de la Solemnidad canta, en la comunión, Jn 19, 34: Unus militum lancea latus eius aperuit, et continuo exivit sanguis et aqua. El costado abierto resuena en el momento en el cual la Iglesia recibe los sacramentos que de allí nacieron.

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