En el Canto de Entrada, el pueblo congregado comienza a manifestarse como Iglesia: unánime y concorde.
No se trata de una música de fondo destinada a llenar el tiempo mientras el sacerdote y los ministros avanzan hacia el altar. El Misal Romano atribuye a este canto una verdadera función litúrgica: abrir la celebración, favorecer la unión de quienes se han congregado, introducirlos en el misterio del tiempo o de la fiesta y acompañar la procesión de entrada (IGMR 47).
Puede adoptar la forma tradicional de una antífona con su salmo, como propone el Graduale Romanum o, con melodías más sencillas, el Graduale Simplex. También puede emplearse otro canto aprobado y adecuado a la acción litúrgica, frecuentemente de forma hímnica o estrófica (IGMR 48). Las formas pueden ser distintas, pero todas deben responder a una pregunta esencial: ¿ayuda este canto a que quienes han entrado en la iglesia se reconozcan como un pueblo convocado por Dios?
En este sentido, el Canto de Entrada tiene una dimensión performativa. La palabra puede parecer difícil, pero expresa una realidad sencilla: hay acciones que no se limitan a representar algo, sino que contribuyen a hacerlo acontecer. La música no crea mágicamente la Iglesia; es Dios quien convoca, reúne y edifica a su pueblo. Dentro de la celebración, sin embargo, se sirve también de una misma palabra, de la escucha y del ritmo compartido para dar forma visible y audible a la comunidad reunida.
Un antiguo Introitus gregoriano expresa admirablemente esta coincidencia entre el texto cantado y la acción ritual. Es Deus in loco sancto suo, propio del domingo XVII per annum, construido con los versículos del Salmo 67(68), 6-7.36:
Deus in loco sancto suo: Deus, qui inhabitare facit unanimes in domo: ipse dabit virtutem et fortitudinem plebi suae.
«Dios está en su lugar santo; Dios hace habitar unánimes en su casa y dará fuerza y poder a su pueblo».
Mientras comienza la procesión y una reunión de personas entra plenamente en la celebración, el canto proclama lo que Dios está realizando: hace que quienes se reúnen habiten unánimes en su casa. El benedictino J. I. González Villanueva ha señalado precisamente este Introitus como un ejemplo especialmente claro de la función que el Misal atribuye al Canto de Entrada: favorecer la unión de quienes se han congregado.
Las dos palabras que guían nuestra reflexión no describen solamente cómo debería sonar la música. Expresan aquello en lo que nosotros mismos estamos llamados a convertirnos al celebrar: unánimes y concordes.
Unánimes: muchas voces, una sola alma
La palabra latina unanimes conserva una antigua lectura latina del salmo. El Salterio Romano, transmitido por los libros de canto, dice unanimes; el Salterio Galicano, difundido después en la Vulgata, prefiere unius moris, «de un mismo modo de vivir»; y la traducción de San Jerónimo directamente del hebreo habla de solitarios, de quienes viven aislados y reciben de Dios una casa. Detrás de las versiones latinas hechas sobre el griego se encuentra el término monótropos, capaz de sugerir tanto a quien vive solo como a quienes comparten un mismo modo de vida; solitarios, en cambio, traduce el hebreo יְהִידִים (yehidim).
Dios no ofrece sólo un techo a quienes estaban solos: comienza a hacer de ellos una sola alma.
La diferencia entre las traducciones abre así una perspectiva inmensa. La casa de Dios no está formada únicamente por muros, sino por personas llamadas a compartir una misma vida. Esto ilumina lo que sucede al comienzo de la celebración. Cada persona llega con su propia historia, sus alegrías, sus preocupaciones y sus cansancios. Podemos ocupar el mismo espacio sin haber llegado todavía a ser una verdadera asamblea.
La palabra unánimes hace resonar la descripción de la primera comunidad cristiana: «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). El título de este artículo recoge las dos imágenes del versículo: unánimes nombra la unidad del alma; concordes, la del corazón. Los creyentes no habían dejado de ser diferentes, pero habían encontrado en Cristo una misma dirección.
San Pablo une además la unanimidad con una acción explícitamente vocal cuando desea que los cristianos, «unánimes, con una sola boca», glorifiquen a Dios (Rom 15, 6: unanimes, uno ore). La unanimidad no exige que desaparezcan las voces particulares. Muchas personas, historias y timbres diferentes reciben una misma palabra y la convierten en una sola alabanza.
Cuando esto ocurre, el texto del Introitus comienza a cumplirse: quienes habían llegado desde lugares distintos aprenden a habitar una misma casa. Pero una misma dirección necesita también una forma concreta de relación. Para cantar juntos no basta mirar hacia el mismo Señor; es necesario aprender a escucharse.
Concordes: la concordia comienza en el oído
Unánimes ante Dios, concordes entre nosotros. La unanimidad orienta la asamblea hacia un mismo Señor; la concordia enseña a sus miembros a caminar juntos. No basta con pronunciar las mismas palabras ni con producir un sonido simultáneo.
Es posible cantar al unísono sin ser verdaderamente unánimes.
Por eso la concordia no comienza en la boca, sino en el oído. Quien canta con otros debe escuchar antes de imponerse: recibir una entonación, respetar un ritmo común, sostener sin cubrir y aceptar que su propia voz pertenece a una acción más grande. El canto litúrgico se convierte así en una escuela concreta de humildad: para unir mi voz a la de los demás, primero debo aprender a escucharlos.
La preparación musical es necesaria. Un coro debe ensayar, cuidar la pronunciación, el ritmo, la afinación y la melodía. Pero la calidad del canto cristiano no se mide solamente por la belleza del sonido. Esa belleza queda incompleta cuando no va acompañada de escucha, servicio y caridad.
La concordia no elimina las diferencias entre las voces ni confunde sus timbres. Las ordena hacia una alabanza común. Nadie necesita dejar de ser quien es, pero nadie debería convertir el canto litúrgico en una exhibición personal. La verdadera belleza aparece cuando cada voz comprende que pertenece a una voz más grande: la voz de la Iglesia.
Al elegir y preparar el Canto de Entrada, no basta entonces con preguntarnos si la melodía es conocida, agradable o fácil de acompañar. Debemos preguntarnos si abre verdaderamente la celebración, acompaña la acción ritual, introduce en el misterio celebrado y favorece la unión de la comunidad.
El sujeto de la frase del Introitus es Dios: él es quien inhabitare facit unanimes, quien nos hace habitar unánimes en su casa. La unidad no nace de nuestro voluntarismo. El canto pone nuestras voces al servicio de esa obra y permite que se vuelva audible.
Que, al comenzar cada celebración, no nos limitemos a encontrarnos bajo un mismo techo. Que aprendamos a recibir una misma Palabra, a escuchar a quienes están a nuestro lado y a convertir nuestras diferencias en alabanza. Así, el canto de entrada podrá manifestar lo que estamos llamados a ser: una Iglesia unánime ante Dios y concorde entre sus hijos.
El artículo original puede leerse en el sitio web de la Diócesis de Tenancingo haciendo click AQUÍ
Fuentes y referencias
Instrucción General del Misal Romano, nn. 47-48.
Graduale Triplex, p. 310: Introitus Deus in loco sancto suo, Sal 67(68), 6-7.36.
José Ignacio González Villanueva OSB, «Pauta metodológica en el estudio de las piezas gregorianas. Aportaciones prácticas», Estudios Gregorianos 3 (2008-2010), pp. 33-104, esp. p. 40.
Robert Weber (ed.), Le Psautier romain et les autres anciens psautiers latins, CBL 10, Roma, 1953, p. 148 (unianimes / unánimes); Robert Weber y Roger Gryson (eds.), Biblia Sacra iuxta vulgatam versionem, Stuttgart, 2007, pp. 848-849 (unius moris / solitarios).