San Lorenzo y el lugar del diácono
La liturgia del 10 de agosto custodia como antífona de comunión una frase tomada del Evangelio mismo de la Fiesta:
Qui mihi ministrat, me sequatur; et ubi ego sum, illic et minister meus erit.
«Que el que me sirve, me siga; y allí donde yo esté, allí estará también mi servidor» (Jn 12,26).

La ubicación del canto ya es exégesis: resuena mientras la Iglesia sirve la mesa, en el gesto que la tradición ha reconocido como diaconal. El rito se comenta a sí mismo. Pero el verdadero vértigo del versículo está en el «dónde».
El cuarto Evangelio se abre con una pregunta de lugar: «Maestro, ¿dónde vives?». Jesús no da una dirección: «Vengan y verán» (Jn 1, 18, 39). La respuesta llega gradualmente: «donde yo esté, ahí estará también mi servidor» (12, 26); «dónde yo esté, estén también ustedes» (14, 3); «quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo esté» (17, 24). Y en el centro está la palabra que rompe el enigma: «Permanezcan en mí» (15, 4).

El Evangelio comienza buscando una dirección y termina entregando una morada. Y la morada es Cristo mismo. En el evangelio de la Fiesta, este lugar toma la forma del grano caído en la tierra: muere y da fruto (Jn 12, 24). Seguir a Cristo significa entrar en esta forma de vida y permanecer ahí.
San Agustín, comentando el versículo, descarta de inmediato la respuesta más obvia. Servir a Cristo no significa solamente preparar, llevar, administrar. También Judas lo hizo: tenía la bolsa y proveía lo necesario. El gesto, por sí solo, aún no dice en donde vive el corazón.
Por eso el Señor une ambos verbos: el que me sirve, que me siga – el que no sigue, no sirve. Y seguir es la forma dinámica de permanecer: «quién dice que permanece en él, debe caminar como él caminó» (1 Jn 2, 6). En cuanto a la recompensa, San Agustín la resume en una fórmula: estar con él. No como un honor junto al Señor, sino el Señor mismo como honor (En Io. ev. tr. 51,11-12).

El día de San Lorenzo, esta pregunta de lugar se convierte en una escena. San Andrés relata que el diácono, al ver al Papa Sixto conducido al martirio, corrió a su encuentro: «¿Dónde vas, padre, sin tu hijo? ¿A dónde, santo sacerdote, vas tan de prisa si tu diácono?» (De officiis I,41).
El Medioevo hizo cantar esa pregunta en el responsorio Quo progrederis sine filio, pater? El oficio pregunta Quo?, a dónde vas; en la comunión la Misa responde Ubi, donde yo esté. Y Sixto ya había pronunciado el verbo que las une: en tres días me seguirás.
¿A dónde siguió a Cristo, Lorenzo? Guillermo de Auxerre, preguntándose por qué el santo ocupa un lugar tan alto en el calendario, responde: no porque haya sufrido más que los demás, porque Vicente, el otro diácono mártir, padeció igualmente, sino por el oficio de la predicación, por el lugar del martirio, Roma, y por la buena administración de los tesoros de la Iglesia (Summa de officiis ecclesiasticis IV,13,1-2).


La liturgia ya lo había cantado. La Vigilia se abre con Dispersit, dedit pauperibus, «distribuyó, dio a los pobres»; una forma medieval más amplia del Alleluia Levita Laurentius agrega que Lorenzo dio a los pobres los tesoros de la Iglesia. Para los diáconos que pasan parte de su ministerio entre la Caritas, cuentas y prácticas, es un consuelo concreto: también esas manos distribuyen.

San Agustín resume el camino de Lorenzo en una imagen: en la Iglesia romana había servido a la sangre de Cristo y allí derramó la suya (Sermo 304,1). El ubi de Lorenzo pasa así de la mesa a los pobres y de los pobres al martirio.
Hay, finalmente, un último movimiento, encomendado precisamente a la voz del diácono. Poco después de la comunión a él le corresponde despedir a la asamblea: Ite, missa est. Amalario de Metz lee en esas palabras el movimiento de Cristo hacia el Padre: missa es su embajada, la singularis legatio de quien se presenta al Padre llevando los signos de la Pasión (Liber officialis III,36,1-2).

De aquí nace su deseo:
«Oh, si cuando escuchamos decir al diácono “Ite, missa est”, nuestra mente tendiera a esa patria adonde nuestra cabeza nos ha precedido, para ya estar allí con el deseo – allí en donde el Deseado por todos los pueblos nos espera con su trofeo – de manera que, al desear, podamos un día llegar a él».
Y concluye fundamentando la oración sacerdotal de Jesús con la palabra dirigida al siervo (Jn 17, 24; 12, 26): Volo, Pater, ut ubi ego sum, ibi sit et minister meus. «Quiero, Padre, que donde yo esté, allí esté también mi servidor» (Liber officialis III, 36, 6).
En el Communio la palabra era una promesa: allí estará mi servidor. Aquí se vuelve oración: que allí esté. El diácono que despide a la asamblea está, entonces, ya incluido en la intercesión de Cristo: antes de decirle a la Iglesia «Vayan», ha escuchado al Señor que le dice «Sígueme». La despedida no rompe la comunión: la pone en camino.
Quizás, entonces, la pregunta más radical para un diácono no es, ante todo, «¿qué debo hacer?», sino «¿dónde debo permanecer?». El Communio de la Fiesta de San Lorenzo ofrece la dirección en ocho palabras que valen como una regla de vida:
Ubi ego sum, illic et minister meus erit.
Puedes leer el artículo en su versión original en italiano en el Blog del P. Claudio Campesato oprimiendo AQUÍ